Heridas y tiritas

Todos y cada uno de nosotros portamos heridas en nuestro cuerpo, en nuestra mente o en nuestra alma. Las heridas no son malas porque nos recuerdan aquella situación por la que pasamos o aquella enfermedad que superamos.

Si estamos hoy contemplando nuestras heridas es porque seguimos vivos y, ¿acaso eso no es lo mejor que puede pasarnos? Seguir vivos, continuar caminando pese a las cicatrices y decirnos a nosotros mismos, “sobreviví”, “aquello pasó” y ahora sigo adelante.

Las heridas del cuerpo poco a poco acaban cicatrizando, y cerrando. A veces se infectan y afean nuestro cuerpo, pero tienen remedio. Pero, ¿y las heridas del alma? ¿Qué hacemos con esas? ¿Las tapamos con tiritas? Esas son las que nos traen de cabeza, esas son contra las que luchamos muchos días y en ocasiones, durante mucho tiempo, demasiado.

No vengo a traerles un remedio ni tiritas, vengo a decirles dos cosas que son obvias pero que en los días oscuros olvidamos porque nuestra memoria se hace vaga. La primera es que el tiempo es un buen aliado para curar las heridas y la segunda es que no parcheen las heridas y busquen soluciones. Con esfuerzo, paz interior y paciencia las heridas van cicatrizando.

Fácil no es, tampoco les voy a engañar pero créanme cuando les digo que se puede. Quedarse sentado lamiéndose las heridas no sirve de nada y tampoco poner una tirita porque las heridas acaban abriéndose y supurando dolor. Hagan la prueba, levántense, mírense al espejo y díganse a sí mismos con todo convencimiento que quieren y pueden cerrar sus heridas.

Algunas tardarán más que otras, también las habrá que en determinadas fechas nos duelan un poquito, otras se abrirán y cerrarán a menudo pero con dedicación acabarán borrándose porque si algo tiene la memoria y el alma, es que es capaz de recordar pero también de perdonar y olvidar.

¡Deberes para tod@s!

¡Feliz otoño!

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