Fin de año

El año 2019 va llegando a su fin y a penas quedan unos días para que se convierta en un recuerdo, quizás para unos bonito y para otro amargo.

Mi año ha sido trabajado, sudado, escalado y parido. No encuentro adjetivos mejores para definirlo. Termina de una forma muy distinta a cómo empezó. Porque sus primeros días fueron días de imaginar, de soñar y de respirar y estos últimos días lo son de concretar y de volver a empezar.

Llegó a nuestras vidas la niña más risueña y fuerte que jamás he tenido entre mis brazos. De mirada intensa y cosas claras nos ha traído días de sueño y cansancio pero de ternura máxima y aprendizaje.

Doce meses de altibajos, de días buenos y momentos malos pero a esa felicidad perfecta que sale en las revistas y en las redes sociales la temo, y la rehuyo. No busco vivir en un palacio de cristal si no de cemento que me sostenga a mí y mi familia.

Jamás podré borrar las cicatrices que deja este año en mi, pero tampoco lo quiero. No esperaba nada de este año, solo me propuse fluir y así sido dentro de mis posibilidades. Y es cierto eso de que cuando no buscas algo es cuando aparece.

2020 voy a pedirte poco, solo que me mantengas cuerda, equilibrada, decidida y anclada. Ojalá pueda cultivar el silencio y así como el tamborilero se conformó con la sonrisa del niñito Jesús pueda yo ofrecerle a quien comparta conmigo mi año lo mejor de mí aunque solo sea el sonido de mi viejo tambor.

¡Coraje, señoras y señores!

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