El abismo



Cada uno de todos nosotros un día salimos de nuestra zona segura para enfrentarnos a monstruos y villanos, sin armadura pero con una espada infalible, la esperanza.

Cada uno de nosotros un día dejamos de caminar por la delgada línea del abismo y nos tiramos sin manos y paracaídas y comprobamos que podemos volar, caminar sobre el agua y subir el Himalaya con una fuerza interior desconocida.

Todos algún día dejamos que la lluvia caiga sobre nuestras cabezas y esperamos a que la tormenta pase refugiados bajo el techo familiar y aceptamos que la espera y la paciencia son nuestro mejor paragüas.

Todos algún día aceptamos que elegimos la vida que queremos vivir pese a que no podemos cambiar las circunstancias y que marcamos el ritmo de nuestro corazón a base de emociones.

Y hoy abrazo a mi campanilla fuerte contra mi pecho porque ella es mi zona segura, la que tiene mi paracaídas y la que acelera mi corazón. Miro al cielo, ese cielo al que pedí un día y me concedió, y entre diez tonos de azul le doy las gracias por empujarme al abismo y lanzarme unas grandes alas que me salvaron.

Señores, miren, miren al cielo y pidan, seguro que les escuchará.¡Palabra de amiga!

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