Diario de un ‘adiós’.

  

Aquel día dejé de respirar por un pequeño instante. Frente a mí alguien dejó de hacerlo para siempre.

Lo que pensé, sentí, vi o escuché no lo recuerdo, mis sentidos quedaron bloqueados y ninguna célula fue capaz de enviar una señal a mi cerebro para que reaccionara. Debió ser algo parecido al vacío estando lleno y al silencio oyendo murmullo.

Por un instante, estuve fuera, me alejé, subí a la cima de la montaña, el negro se tornó blanco y las nubes grises arrojaron gotas de lluvia clara y cristalina.

De repente, el aire entró por mi garganta, llenó mis pulmones y mi alma exhaló el quejido más doloroso y triste que pudo.

A partir de ese segundo todo cambió, no había marcha atrás, nada sería igual. Aceptación, serenidad, esperanza y paciencia me acompañarán por siempre. A veces, aprender duele y tomar conciencia de que el corazón de alguien amado se puede detener, duele más.

Nadie dijo que fuera fácil, pero estamos.

¡Feliz semana!

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