Día del Padre


En unos días celebraremos el día del padre. Una festividad que nos recuerda la importancia de la figura paterna en la vida de todos los niños.

En mi caso, dada la ausencia física del mío, celebro este día porque mi Pequeña Campanilla tiene un maravilloso padre al que queremos cada una a su manera.

De niña adoraba a mi padre aunque me hacía rabiar sacando a la luz todos mis defectos inconfesables. Pero fue de mayor, llegando a la veintena cuando me di cuenta el peso que tenía en mi vida. Sus opiniones, a veces, contrarias a las mías, no nos alejaron el uno del otro porque para aquel entonces ya sabía que él era «mi primer amor», uno que no se olvida. Supe en aquel momento que compartiría mi camino con un compañero como él, testarudo y sensible a partes iguales.

Tuvimos mucha suerte porque compartimos los acontecimientos más importantes de nuestra vida juntos, los más felices, los que siempre recordaremos y pudimos bailar y llorar el día de mi boda. Y para cuando fueron viniendo los días tristes, él ya no estaba, hacía tiempo que su mente había volado a su próximo destino.

Y puede que olvide muchas cosas y que no recuerde cada detalle de su rostro pero el corazón si tiene memoria y él me recuerda con cada latido que está ahí cada día cuidando de nosotros.

Y yo quiero para mi amada niña, eso,  un padre que siempre esté, al que pueda correr cada vez que el alma le oprima, con el que pueda reír y vivir sus mejores momentos y al que siempre pueda coger de la mano. Y, entonces, yo asistiré feliz y emocionada a ese bello espectáculo: el amor padre-hija, un binomio inseparable.

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