Día de los abuelos


Los míos partieron hace unos muy poquitos años, fueron muy longevos, cosa que agradezco porque compartimos un largo trayecto. No tengo ningún «pero» para ellos porque fueron lo mejor, junto con nuestros padres, de nuestra infancia.

No conservo ningún recuerdo triste estando con ellos en aquellos veranos infantiles en los que nos cebaban a helados y a abrazos. No vivíamos cerca pero eso no supuso jamás una distancia entre nosotros.

Hicieron más allá de lo que se supone a unos abuelos. Eran muy diferentes, uno luchador y positivo, la otra inconformista y desesperanzada, pero compartían el amor por sus nietos.

Tuve la sensación cuando se marcharon que no disfruté bastante de ellos, de sus enseñanzas y de sus historias porque con casi cien años cada uno aún tenían mucho que ofrecerme o, tal vez, quería retener en mi esa sensación de ser la niña de los ojos de Antonia y el «ama de la casa» de Batiste.
La vida los puso ahí para mis primos, mi hermano y para mí y después de tan gran recompensa decidió devolverlos a su origen  en el momento que tocaba.

Y ahora mis sobrinos y mi Pequeña Campanilla disfrutan de otros abuelos que no son los míos pero igual de maravillosos y ojalá que aunque nos quedamos algo cojos de «abuelo» hace casi cuatro años, la vida pueda regalarles infancias de helados y amor del bueno.

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